Por: Fabiana Chumaceiro
Cuando se me presentó la oportunidad de escribir sobre Cuidados entre mujeres queer, supe que tenía que acudir a Audre Lorde. Audre fue una mujer negra, lesbiana, escritora, activista feminista, madre y paciente oncológica, probablemente la reconozcas por la célebre frase de “Cuidar de mí misma no es autocomplacencia, es autopreservación, y eso es un acto de guerra política», y hoy quiero que examinemos el cuidado en mujeres queer desde su perspectiva.
En el imaginario popular, el autocuidado se entiende como un conjunto de acciones individuales, por lo general asociadas al consumo, que mantienen áreas superficiales de nuestra vida: hacernos skincare, ver películas, comernos algo sabroso, entre otras. El autocuidado como se promociona en redes sociales no ataca las estructuras que nos llevan al agotamiento en primer lugar, ni plantea formas alternativas de desenvolvernos en la sociedad. Esta devaluación del término no es accidental, es un esfuerzo activo de los sistemas que nos oprimen de vaciar el autocuidado de sus raíces políticas y colectivas.
En “A Burst of Light”, Audre plantea el autocuidado como una estrategia inalienable del activismo, como una forma de sostener la resistencia a las distintas formas de opresión con las que nos enfrentamos las mujeres activistas, y comparte valores clave para vivir bajo este esquema:
Vivir de forma íntegra y coherente
Audre plantea que cuando nos entregamos a una causa política, debemos examinar nuestra vida personal con coherencia como parte de la causa. Argumenta que está en los intereses del capitalismo que privaticemos la mayor parte de nuestra experiencia, pero para tomar decisiones íntegras, debemos abrir las puertas de nuestras vidas al escrutinio constructivo y crear consistencia emocional.
Y esto me hizo pensar en lo complejo que es dentro de relaciones sáficas hablar sobre violencia, control y abuso, mucho más si somos activistas. Hay un sentido de vergüenza o culpa al pensar “si yo me dedico a informar y prevenir este tipo de cosas para las demás personas ¿cómo terminé en una situación así?”. La masculinización de la violencia también afecta a las relaciones entre identidades femeninas: nos parece imposible que exista violencia, y cuando se vuelve posible, el gran desafío es visibilizarlo.
Dentro de los feminismos tenemos bien sabido que lo personal es político, sin embargo, ¿quién no ha vivido la agria experiencia de ver cómo personas cercanas se mantienen en contacto con la persona que te violentó bajo la excusa de que “no les ha hecho nada directamente”? ¿Que son asuntos íntimos que se deben resolver entre las partes involucradas o que no se le pueden cerrar las puertas a una persona tan talentosa?
Autorregulación emocional, responsabilidad afectiva y acción con propósito
Audre comparte su experiencia criando a sus hijos, sin embargo, creo que mucho se puede aplicar para las relaciones interpersonales en general. Ella insiste en lo vital que es trabajar en equipo por un bien común a pesar de las diferencias individuales, en especial cuando constantemente se nos bombardea con cortinas de humo para distraernos de lo verdaderamente urgente, y puntualiza que se necesita voluntad y estiramiento mutuo para llegar a un punto medio.
Además, recalca que es crucial aprender a regular las emociones que nos provocan las experiencias que vivimos para evitar contaminar nuestros vínculos con personas allegadas. Esto no significa reprimir lo que sentimos, sino más bien buscar formas de canalizar la rabia en acciones que puedan cambiar las circunstancias de opresión que la alimentan.
Dice que debemos identificar, nombrar y compartimentalizar la rabia donde pertenece de forma efectiva para que no magnifique ni distorsione las emociones que podemos sentir de forma justificada hacia nuestro círculo cercano. Y esto conlleva un proceso de aprender a sentir nuestras emociones sin juicios ni tapujos, pero también acarrea tomar responsabilidad de nuestras acciones.
Como mujer queer en Venezuela vivo mi dosis diaria de discriminación y violencia en la calle, y qué difícil es comunicarle de forma efectiva a mi pareja -que es lo más cercano a un ángel caído del cielo- que necesito autorregularme antes de seguir con nuestra rutina, que a veces no sé cómo. A veces ni siquiera tengo la energía mental para hablar sobre lo que me aqueja y me preocupa, y a veces la rabia que siento ante todo un sistema violento e injusto termina saliendo cuando veo que los platos que le toca lavar siguen sucios.

Y pienso que aprender a canalizar la rabia de una forma efectiva es un arte que hay que perfeccionar sin caer tampoco en la auto-explotación. No toda la rabia tiene que ser motivación para asumir más cargas de trabajo, en especial cuando es no remunerado, ni reconocido, y que además nos expone a más riesgos en el contexto venezolano, por eso la importancia de movilizarnos y cuidarnos desde lo colectivo.
Crear redes de apoyo que de verdad apoyen
Mucho se habla en redes sociales sobre cómo las generaciones jóvenes no tenemos terceros espacios (esos fuera del estudio y el trabajo donde podamos recrearnos e interactuar de forma accesible), y cómo el individualismo, las pantallas y la polarización política están sembrando el camino para la generación más sola y con mayor índice de problemas de salud mental.
Para las personas queer en Venezuela, el espacio público rara vez es una opción viable para desenvolvernos, puesto que no hay garantías legales que nos arropen, y muchas veces los cuerpos de seguridad son quienes nos vulneran. En consecuencia, las identidades disidentes de la norma en el país suelen tener que pagar por espacios seguros, lo que crea una barrera económica que no se puede pasar por alto: si eres marique y empobrecide, tener donde explorar tu identidad, hacer amistades, recrearte y cuidarte es una lotería.
Estos espacios gratuitos y seguros normalmente los proveían ONG, colectivas y movimientos de base. Yo tuve la suerte -y el privilegio- de vivir en una ciudad donde en su momento había frecuentemente actividades educativas, recreativas y de cuidado para personas queer. De hecho, fue en esas actividades que pude conocer a amistades preciadas, involucrarme en mi comunidad y aceptar mi identidad a pesar de no tener ni un dólar a mi nombre. Precisamente por esa experiencia, me preocupa y entristece que estas iniciativas gratuitas cada vez sean más escasas a consecuencia de un contexto que asfixia todo esfuerzo comunitario de celebrar y promover la diversidad, empujando a su extinción o a la privatización como estrategia salvavidas.
¿Qué podemos hacer para cultivar iniciativas donde nos recreemos, pero donde también nos cuidemos como identidades disidentes?
Pienso que debemos buscar formas creativas de fomentar espacios gratuitos y seguros para personas queer en todo el espectro -no solo para hombres cis, homosexuales, blancos y hegemónicos- donde aprendamos, nos recreemos, nos cuidemos y resistamos en colectivo desde el goce y no desde la supervivencia.
Audre escribió algo muy valioso cuando relataba su travesía con el cáncer: “no me avergüenza hacerle saber a mis amistades que necesito su espíritu colectivo, no para que me hagan vivir por siempre, sino para ayudarme a moverme con la vida que tengo”. Que levanten la mano quienes tienen su red de apoyo sólida y definida, pero les da pena pedir ayuda por no querer “molestar” a las demás personas.
Un elemento importante de señalar es el papel que juega el mito del amor romántico en esta ecuación. Desde la infancia se nos socializa -en especial a las identidades feminizadas- a aspirar a tener una pareja, esa media naranja que te completa y te da propósito. Así vamos aprendiendo a jerarquizar nuestros vínculos y a poner al amor romántico por encima de cualquier otro, porque es símbolo de estatus social, estabilidad y logro.
¿Qué resultado tiene esto? Para muchas personas, su red de apoyo inmediata consiste en una persona: su pareja. En esta única persona recaen todas las labores de cuidado que originalmente se repartían entre familia, amistades, comunidad y pareja(s), y esto también desgasta el vínculo. Si ese único ancla se pierde, está ausente momentáneamente o es quien nos produce malestar, nos encontramos en una situación emocional devastadora.
Mi intención no es predicar el poliamor, pero sí creo relevante rescatar un aprendizaje de quienes lo practican: todos los vínculos son horizontalmente valiosos, cada uno nos nutre y sostiene de formas únicas que no pueden ser jerarquizadas o cuantificadas. Y necesitamos crear comunidad, necesitamos una red de apoyo confiable y diversa que nos ayude a movernos con la vida que tenemos, y eso se logra con intencionalidad y disposición.
Es fundamental para la preservación de estas redes de apoyo que identifiquemos cómo se distribuyen las labores de cuidado: las mujeres e identidades femeninas estamos agotadas de que estas responsabilidades se asignen en base al género y no a la disposición o a las capacidades. Parte de construir nuestras propias narrativas y modos de convivencia es la posibilidad de romper con los roles de género que nos oprimen y crear nuevas masculinidades más presentes y conscientes del trabajo invisibilizado que por default nos toca y que mantiene a la sociedad funcionando.
Las personas queer solemos vernos obligadas a formar nuestra red de apoyo desde temprano en nuestras vidas. Entendemos que parte de las personas destinadas a protegernos y querernos nos rechazará sólo por nuestra identidad, por lo que hacemos la depuración mental incluso antes de salir del closet. Es importante que resignifiquemos estas experiencias, ser queer en una sociedad cishetero es también una postura política que se sostiene en esa red de apoyo que nos hace sentir que vale la pena ser quienes somos a pesar de los horrores.
Para construir y mantener a la comunidad es necesario tomar inspiración de las enseñanzas de Audre Lorde: vivir en coherencia con lo que predicamos, tener disposición en encontrarnos a pesar de las diferencias, practicar la autorregulación y la responsabilidad afectiva como estrategias de trabajo y renunciar a la vergüenza de pedir ayuda de quienes nos aman. El precio a pagar para tener comunidad es la inconveniencia del día a día, tener conversaciones incómodas, señalar incongruencias, pedir disculpas y disculpar, disponer de recursos emocionales y materiales propios para sostener a la otra persona, autorregularnos en colectivo.
Frecuento un grupo de mujeres activistas donde una de las premisas es que el espacio es seguro en la medida en la que cada una lo hace seguro, y me parece una visión interesante: el espacio seguro no lo hace la segregación por géneros, ni ser compañeras de causa o de trabajo, lo hace la convicción de que nos necesitamos mutuamente para seguir adelante con nuestros caminos individuales que se entrelazan.
Para cerrar, comparto otro fragmento de Audre: “El lesbianismo no es simplemente una preferencia sexual (…) No es con quién me acuesto lo que define la calidad de mis actos, ni lo que hacemos juntas, sino las declaraciones de vida que me veo impulsada a hacer a medida que la naturaleza y el efecto de mis relaciones eróticas se filtran a lo largo de mi vida y mi ser”. En una sociedad que nos quiere en el closet, alienades y miserables, decido vivir con la ternura de quienes amo y me aman y con la rebeldía para seguir trabajando para que los cuidados no sean privilegios de quienes pueden costearlo, sino garantías de las comunidades que se sustentan en lo mutuo.




